martes, 1 de julio de 2014

La libertad de los muertos








- ¿De verdad no me reconoces?

- No, mentí. (¿Como no iba a reconocer a mi propio hermano? Pero no podía ser: había muerto hace 30 años. Yo lo maté)

- ¿Pero, cómo...?

- ¿Cómo sigo vivo cuando tu mismo me arrojaste por la borda del yate de papá y me abandonaste a muchas millas de la costa? Es una larga historia, hermano.

- ¿Has venido a vengarte?

- Sonrió. ¿Vengarme?
Mírate, me dijo, nadie diría que soy tres años mayor que tú. Estás hecho una ruina. Un anciano de apenas 50 años

- Tú en cambio apenas has cambiado. (Era cierto, no aparentaba más de 30).

- No, hermano, he venido a darte las gracias. Cuando alcancé la costa, me di cuenta de que tenía una oportunidad única para escapar de la vida que me esperaba. De los compromisos familiares, de la fabrica de papá. Porque, por eso lo hiciste, ¿no? para quedarte con todo.
No, mi venganza comenzó aquel día: mírate al espejo, dijo y se fue tal como había venido. 

Sentí envidia, una envidia mucho mayor aún que la que me empujó a intentar matarlo hace 30 años.